
Todo apuntaba a que aquella tarde de 20 de agosto iba a ser igual de aburrida que todas las anteriores. Nada de actualidad, una redacción desierta y mucho calor en Madrid.
Llegué a la redacción de 20minutos.es a las 15.00 h. Virginia no me dejó ni encender el ordenador. A las 15.05 h ya estaba montada en un taxi rumbo a Barajas. A esas horas sólo se sabía que había un accidente, dos muertos y confusión, mucha confusión.
Al taxista lo volví loco. Nos acercamos hasta Barajas, nos recorrimos todas las inmediaciones para ver si podíamos acceder hasta el lugar del accidente. Cada vez más medios de comunicación, algo de Guardia Civil y pocas ambulancias. Llegamos hasta Paracuellos, cerca de donde cayó el avión. Estuve a punto de saltar del coche, pero el taxista (no recuerdo su nombre) me lo impidió: “Chiquilla, para llegar hasta allí tienes que cruzar el río”. Estaba dispuesta, pero entendí que era inútil, así que mientras yo sentía una enorme importencia, me llevó a la T-4.
La terminal era una locura. Decenas, cientos, de medios agolpados intentado saber algo. Descoordinación absoluta. Nos pusieron junto a la puerta de Consigna, el lugar donde estaban recibiendo a los familiares de las víctimas del accidente. La sangría había empezado: a algunos ‘periodistas’ les faltó tiempo para acorralar a los familiares que iban llegando (que tenían menos información que nosotros) para preguntarles todo tipo de detalles escabrosos totalmente innecesarios. Algunos pocos nos apartamos para no participar en aquel circo, mientras nos daban ganas de vomitar. No pude reprimir un par de gritos de “¡dejadles en paz!”. Fue repugnante, asqueroso, de lo peor que he visto en mi vida.
Las horas pasaban y la información llegaba con cuentagotas y de forma extraoficial. La mayoría de los medios hablaban de 20 muertos; alguno, de 50. No recuerdo qué llevábamos nosotros. Entonces recibí una llamada: “Izas, son más de 100 víctimas”. Llamé a la redacción. Aunque la fuente era de las fieles y fiables, me temblaba todo. Sabía que me la jugaba. A Virginia y a David Ramos no les tembló el pulso. Las fuentes oficiales todavía tardaron hora y pico (si no recuerdo mal) en confirmar que habían fallecido más de 140 personas.
Luego vino la rueda de prensa. Intentaron, sin éxito, darla donde se recogen las maletas. En un par de metros cuadrados Gallardón, Magdalena Álvarez, Pepe Blanco, Esperanza Aguirre… rodeados de cientos (ahora sí) de periodistas. Hablaban sin micros. El chiringuito no duró ni dos minutos.
La alternativa fue una sala de prensa con capacidad para cuarenta. Intentar entrar fue la guerra: carreras, codazos, patadas, empujones… Horrible. Las radios, que tenían que entrar en el boletín de las 19.00 horas; las teles, que tenían un directo. Je. ¡Y nosotros una web! Entré en el primer turno, pero lo único nuevo que nos dijeron fueron los número de teléfono de atención a los familiares de las víctimas.
Volví a la redacción. Victoria Luna y David Rojo fueron los mejores compañeros que pude tener ese día. Virginia y David habían manejado la tensión informativa de la mejor de las maneras. Fue un día agridulce. Después, no han sido pocas las noches de copas en las que Rojo y yo hemos recordado ese día…
Llegué a casa y fue imposible dormir. Me acababa de mudar y no tenía Internet. Pasé toda la noche haciendo zapping en mi vieja Telefunken y leyendo todos los teletipos y noticias que se habían escrito sobre el tema. Hablé con Jorge por teléfono durante más de una hora. Él lo vivió desde el otro lado.
Me costó varios días asumir lo que había pasado. Sólo entonces logré llorar.