“Los humanos tienen un sistema conceptual tan primitivo, que para enterarse de los que sucede han de leer los periódicos. No saben que un simple huevo de gallina contiene mucha más información que toda la prensa que se edita en el país. Y más fidedigna. En los (huevos) que acaban de servirme, y a pesar del aceitazo que los empaña, leo las cotizaciones de bolsa, un sondeo de opinión sobre la honradez de los políticos (un 70% de las gallinas cree que los políticos son honrados) y el resutaldo de los partidos de baloncesto que se disputarán mañana. ¡Oh, cuán fácil les sería la vida a los humanos si alguien les hubiera enseñado a descodificar!”.
Una viñeta de Alberto Montt y un fragmento de ‘Sin noticias de Gurb‘ para celebrar que hace un año abrí Alderrai y que sigo errante. También para dar las gracias a los que me acompañan y me dejan aprender a su lado. Pronto habrá más razones para ser felices, pero mientras, ¡que nos quiten lo bailado!
Con 18 años y la cabeza llena de pájaros me hicieron elegir qué quería ser de mayor. Sólo pensaba en viajar de todas las maneras posibles y no estaba preparada para tomar esa decisión. Quería ser muchas cosas, no entendía (y sigo sin entender) que sólo se pueda ser una cosa en la vida. Iba para médico (para eso estudié Ciencias), pero no quise enfrentarme a la posibilidad de matar a alguien por error. Se me daba bien dibujar, pero descarté Bellas Artes porque ganarse la vida con ello iba a ser difícil. Así que elegí ser periodista: era más útil para cambiar el mundo.
Recogí mis bártulos y me fui a Madrid. Caí en un colegio de monjas (¡monjas!) lleno de niñas a las que sólo les preocupaba su pelo y cuánto dinero tenía la familia del tío con el que se habían liado esa noche. Mi incontinencia verbal me jugó unas cuantas malas pasadas. Un día se me ocurrió pedir papel en la sala de la tele y fue peor que blasfemar. A mis amigas las elegí a dedo. Apunté a cuatro y acerté: seguimos cuidándonos.
La facultad era una pérdida de tiempo, tanto que a finales de primero estuve a punto de mandarlo todo al carajo. Mi padre me salvó de aquella crisis de ilusión. En segundo las cosas mejoraron. Tengo buen recuerdo de mis profesores de Historia, Relaciones Internacionales y Literatura. Haciendo un trabajo para Jesús Flores, que nos daba Internet, una noche descubrí los blogs y me lie leyendo a Iscariot hasta las mil.
Gracias a María Tellería salí a la calle. Era 2004. Ana Botella dirigía la concejalía de Asuntos Sociales y acababa de anunciar un polémico Plan Municipal contra la Explotación Sexual. Mientras muchos de mis compañeros se inventaban sus reportajes para salir del paso (también tenía mérito aquello), me fui a la calle Montera y hablé con las prostitutas. Después me planté en la cabecera de la manifestación del 8 de marzo de la calle Atocha. Los fotógrafos hicieron su trabajo, los plumillas grabaron las declaraciones de los políticos y como no había más preguntas, me lancé: “Señor Llamazares, ¿qué opina sobre el Plan de Ana Botella?”, balbuceé. “No sé de qué me habla”, respondió y yo me quedé a cuadros. Saqué un 8. El gusanillo ya empezaba a crecer.
En tercero me fui a México. Volví a caer en una universidad llena de niños ricos, cosas del intercambio. A mis futuros amigos ya los había fichado en los pasillos, pero esta vez me eligieron ellos a mí. Si me pongo a contar batallitas no paro. Aprendí más en México que en los tres años en Madrid. Ir a clase de Literatura Latinoamericana eran como entrar en otra dimesión. Osmar Sánchez, nuestro profesor cubano, se sabía de memoria a Cortázar, Sábato, Borges, Martí, Bombal, Huidobro, Onetti, Darío… Y contextualizaba todo. Ese año me pateé la ciudad haciendo fotos con mi réflex y aprendí a revelar. También me presté voluntaria para salir a cantar (fatal) en clase a ver si así se me quitaba el pánico escénico. Me enseñaron nociones básicas para hacer guiones, para diseñar revistas y periódicos (en papel), editar vídeo y audio. Me metí en sitios que nunca confesaré muy alto y me apunté a todos los planes. Tuve la suerte de que mis amigos eran de lo más creativo. Viví como si no hubiera mañana y lo dejé todo por escrito. Aprendí mucho, a marchas forzadas también.
Ese verano hice prácticas en EFE en Donosti. La calle que pisé fue de camino a las ruedas de prensa que mis compañeros rechazaban. Mi jefa se encargó de dejarme claro que los temas se hacían por teléfono. Mi primer reportaje, sobre la reventa de entradas para un concierto de U2, fue contraportada de El Diario Vasco. Flipé. Mi padre lo enmarcó, pero yo le dije que no quería trofeos. No sé qué pasó con eso. Escribí sobre las vírgenes (no) negras de Gipuzkoa, las armerías de Eibar y la visita de Hiroyoshi Ishida a Donosti. Éste último triunfó. Poco rastro queda en Internet.
Volver a Madrid fue una agonía. Las clases seguían siendo infumables y salvo en Literatura y Periodismo, Derecho de la Información y Cine, pasábamos el tiempo haciendo sudokus. Por las tardes hacía prácticas. Aguanté tres semanas en Europa Press mandando alertas a móviles. Suponía levantarme a las 7.00 h para ir a la uni, saltarme la última clase, comer un bocata en el bus y cruzarme Madrid en metro para meterme cinco horas (que siempre se alargaban) en una redacción que no me aportaba nada; salir a las mil, otra hora de metro para llegar a casa y hacer trabajos hasta las tantas. Todo por 233 euros. Lo dejé y me saqué el carné de conducir.
A los pocos días me llamaron de Nexo. Eran tres horas a 10 minutos andando desde mi casa y encima me pagaban más. Aprendí lo imposible sobre motores de camiones y autobuses, pero a cambio viajé mucho y me tocaron los mejores compañeros del mundo, incluido mi jefe, Dani, a quien quiero con locura. Ahí acabé mis casi mil horas de prácticas. El día que me fui me regalaron una bola de nieve con un fotograma de La Dolce Vita. Yo no podía para de llorar. Todavía seguimos quedando para tomar cañas.
Lo que me hizo dejar Nexo fue el Programa Primer Empleo de la Asociación de la Prensa de Madrid. Nos habían explicado que era como la oportunidad de nuestra vida, así que cuando me llamaron para pedirme el curriculum tardé en mandarlo lo que me costó encontrar un ordenador. A la entrevista fuimos cinco de cada facultad de Periodismo de Madrid. Había mucha tensión: sólo 29 saldríamos de allí con trabajo. Entré tranquila. Me recibieron con un “¡Anda, una giputxi!” mientras cerraba la puerta. “A mucha honra”, contesté y entonces me di cuenta de que tenía a la cúpula de la APM delante. Nos echamos unas risas, les dije que quería cambiar el mundo, trabajar en un periódico y que cuidaran a mi amiga Ana, que entraba después y estaba que se comía hasta los codos. A ella le tocó El Mundo; a mí, 20 Minutos. Nos avisaron por SMS.
Recuerdo perfectamente mi primer día. Era enero de 2007. Aluciné con la redacción, entonces en el Palacio de la Prensa, en Callao. Me pusieron en Cierre y fue la mejor manera de entender cómo funciona un periódico. Aprendí muchísimo. Desde entonces leo y analizo los periódicos a partes iguales. Alguna vez hasta me han pillado subrayando frases con un boli. Casualidad o no, uno de mis primeros temas fue sobre las mujeres de vida alegre. Cada dos por tres entraba al despacho de Arsenio a pedir un cambio de sección. Se me acaba el contrato y necesitaba ver otras cosas. No sé si por pesada, pero en septiembre, cuando nos mudamos a Condesa de Venadito, me pusieron en Local.
Entonces empecé a sentir lo que era el periodismo de verdad. Adolfina, mi jefa, demostró una paciencia conmigo que no sé si alguna vez le agradecí. Tenía turno de tarde en web. A veces me tocaba algún temilla para papel. Viví todo el proceso de fusión. Me enganché a la adrenalina de la última hora y hasta hoy. Lo bueno llegó con el turno partido. Empecé a salir a la calle con Jorge y cada paso era una lección. Con él he crecido. Recuerdo especialmente el día que nos tocó salir corriendo a cubrir el cierre de una residencia de ancianos o cuando fuimos a El Gallinero. También el día del Bus de la Navidad, pero cada uno de esos da para un post. Éramos el Equipo A.
Eso duró un año. Se me acabó el contrato y no me renovaron por la crisis. A los 15 días estaba trabajando en Ivive.com. También aprendí, pero otras cosas. En aquella época conocí a Hasier, que luego se inventó Zuzeu.com y me metió dentro desde el primer momento. Todavía no me explico por qué me quiere tanto. En abril regresé a 20 Minutos. Estuve unos meses en La Revista y cuando la desfusión, volví a Local. Fui la mujer más feliz sobre la faz de la tierra. Hubo días buenos y muy buenos y otros que prefiero olvidar. En cualquier caso disfrutaba de cada momento. David, Jaime, Virginia, Pablo y Susana, entre otros, me enseñaron mucho y demostraron santa paciencia en muchas ocasiones.
El accidente de Barajas me marcó. Adoraba cubrir los desalojos en la Cañada Real y meternos por accesos inconfesables para llegar hasta donde la Policía Nacional no nos dejaba. Lo hicimos todas las veces. Lo pasaba como una enana con Jorge. Nuestra relación se fue fortaleciendo en los viajes a Camarma, Valdemoro o Fuenlabrada, recorriendo los PAUs de Madrid, en las visitas a los hospitales, de camino a las entrevistas o al Ayuntamiento. También en la cola del paro o cerca del puente de Segovia. Me enseñó a contener las lágrimas.
También hubo viajes. En Copenhague, donde se elegía la sede de los Juegos Olímpicos de 2016, nos saltamos el cerco de seguridad y nos colamos en el hotel del COI. Mientras Lula, los reyes, Gallardón o Pelé iban de un lado a otro estresados, unos señores entraditos en años de la delegación de Brasil me hicieron una proposición indecente. Nos reímos. El día de la elección de sede, en danza desde las 5.30 h, no paramos ni un segundo hasta casi medianoche y fue lo mejor. Adoro las carreras por los pasillos. Después me mandaron a Marruecos, con los chavales de Madrid Rumbo al Sur. Escribir en la parte de atrás de una pick-up que no paraba de botar mientras soplaba viento con arena fue toda una experiencia; dictar una crónica en unas ruinas en medio de la nada mientras anochece es algo que no se me olvidará en la vida, por no hablar de la comida del Ejército o de despertar de madrugada en mi saco de dormir y al aire libre con los rezos del Ramadán.
Luego vino el desalojo del Patio Maravillas. Me avisaron por mensaje y en media hora estaba allí. La Policía no me dejó pasar (para variar), pero hablé con los okupas y me colé porque no sabía cómo contar un desalojo si no era desde dentro. La ayuda de Pablo fue imprescindible para hacer la cobertura desde Twitter. Acababa de estrenar mi iPhone. Si me llega a pillar ahora…
En marzo de 2010 la vida me clavó tres puñaladas por la espalda en menos de una semana. Un jueves, un sábado y un martes. El viernes conocí a los 1001medios. Unas semanas más tarde me hicieron una oferta de trabajo.
No sé si tengo talento. No sé si sé escribir. No sé si tengo criterio ni mirada. Lo único que sé es que elegí ser Periodista, que estoy aprendiendo, que echo de menos una Redacción y que he disfrutado todos y cada uno de los temas que me ha tocado hacer. Igual es porque el Periodismo me permite ser Periodista y cualquier otra cosa cada día. Sólo necesitaba expresarlo.
En serio, vale ya. Como euskaldun (vascoparlante) estoy un poco harta de que los medios de comunicación criminalicen el euskera.
El último ejemplo, en la agencia EFE (que robotitos o corta y pega mediante, vete a saber, recoge Publico.es). Dice que en un supuesto zulo de ETA “también se han hallado inscripciones en euskera”. Ni que fuera amonal.
Mis ojitos se han ido acto seguido al anuncio que hay un poco más abajo y ya no sabía si reír o llorar: “Sexo es vida! ¿Problemas de erección? ¿Eyaculación precoz?”. Supongo que el anunciate estará encantado, que es de lo que se trata.
Ha habido un pequeño debate, como ha apuntado Barrera en el Pil Pil. “Ni los tabloides ingleses, chica…”, decía @loveof74; “De traca. Con razón decís que el periodismo está fatal…”, añadía @Mmunera; “A mí me parece una gran cutrez”, seguía @anderiza y así…
-Hoy te lo habrías pasado teta en la redacción.
-¿Qué ha pasado?
-Huelga salvaje sorpresa de controladores. Espacio aéreo cerrado. 250.000 afectados en las primeras horas. Un lío guapo en todos los aeropuertos.
Pasa que últimamente mi trabajo me absorbe tanto que no me entero de lo que pasa ahí fuera. Error.
Pasa que una conversación por WhatsApp logra zarandearme y me mete el gusanillo. Y pasa que ya nada me importa más que la última hora. Y vuelve a pasar que en días como hoy, o como el domingo y Wikileaks, desearía trabajar en un medio de comunicación y gastar zapatilla y papel y boli y pincho y tecla y batería del móvil.
Lo estabamos esperando hace mucho tiempo, casi un año si la memoria no me falla. Empezó como un secreto que te cuentan al oído. Luego llegaron los SMS. Después, ya se hablaba en los bares y en las plazas. Últimamente, hasta los ministros hablaban alegremente en los medios de comunicación. Yo, personalmente, esperaba cada domingo que fuera El Domingo, porque me parece que el alto el fuego de ETA es la mejor noticia en mucho tiempo: abre las puertas al diálogo y el diálogo, tarde o temprano, traerá la paz.
El anuncio me ha pillado en la carretera. Miren iba de copiloto y me lo ha contado. Ella es testigo de que lo primero que he hecho ha sido llamar a unas cuantas personas a las que quiero. Luego, deformación profesional, he lamentado que la tensión informativa no me haya pillado en una redacción.
He leído muchos comentarios sobre el tema. Algunos, como los de cierto director de cierto medio de comunicación, me han sorprendido porque ha demostrado que no tiene ni idea sobre el tema. Otros, por ejemplo, decían que lo que quieren oír es que ETA deja las armas para siempre. Creo que no hay duda de que es el objetivo de todos. Lo que me llama la atención es que algunos no puedan ver en este alto el fuego un paso más para lograr que este conflicto acabe definitivamente. Igual es que no lo quieren ver. Yo también creo que, si queremos Paz, es la tregua de todos. ¿Quién se apunta?
Ahora toca esperar, ver cómo evolucionan las cosas y analizar cómo juegan sus cartas todos los implicados en el asunto. Sólo espero que no haya que lamentar ninguna víctima más y que podamos vivir en paz.
Actualización (14/09/10). El día del comunicado de ETA puse dos tuits seguidos: “Como periodista, me gustaría saber por qué la noticia sobre el alto el fuego no está firmada en la BBC y cómo fue su reacción al recibirla, saber qué paso en la redacción los minutos previos a publicarla y esas cosas”. Lo de la firma me lo aclaró @enver555 al instante: “No está firmado porque creo que en el libro de estilo de la BBC, si es una fuente primaria sin modificar apenas, no se firma”. Lo que nunca me hubiese imaginado, básicamente por lo que dice Iturri en los comentarios, es que el periodista al que le pasaron el vídeo contara cómo fue el proceso.
La primera vez que leí la palabra “alderrai” fue en la muñeca izquierda de mi amiga I. Me hechizó. “Es mi tatuaje”, pensé. El que nunca me he hecho ni me haré. “Alderrai” es una palabra en euskera que se traduce al castellano como “errante”. Se puede interpretar también como “nómada”, un adjetivo que me persigue desde hace años.
Mi vida acaba de dar uno de esos giros. He dejado la prensa diaria para pasarme al lado oscuro. Antes de tomar la decisión, pedí consejo a varios periodistas que llevan años en el oficio y en los que, por eso, confío. La mayoría me dijo que era demasiado joven para pasar “al otro lado”, que el proyecto era pequeño para mí y que me aburriría. Sólo uno fue tajante: “Yo dejaría el periodismo por eso”. Amén. Es el único que ha entendido la magnitud de esta aventura.
Soy muy joven; soy ignorante; me queda muchísimo por aprender. No puedo evitar sentirme pequeñita, una insignificante juntaletras, cuando miro el trabajo de periodistas que para mí son una referencia, como cuando hoy escuchaba a Hasier Etxeberria narrar el documental ‘La cocina de las palabras’. Pero también tengo algo muy claro: llevo el periodismo marcado a fuego en las entrañas. (Sólo quien lo haya sentido alguna vez lo entenderá.) Y por eso, desde el otro lado, escribo.
Alderrai: Palabra en euskera que se traduce al castellano como "errante". Según la RAE: (Del ant. part. act. de errar; lat. errans, -antis). 1. adj. Que anda de una parte a otra sin tener asiento fijo. Apl. a pers., u. t. c. s. 2. adj. desus. Que yerra.