Y qué felicidad

 
Este podría haber sido el (ya) clásico post gastronómico de resumen anual de los años impares, pero no. En un acto minimalista, he decidido elegir un único momento de 2015, este gran año difícil pero satisfactorio y dulce, sobre todo al final. 

Estas son las albóndigas que cocinamos juntos unas horas antes de que arrancara la última campaña electoral del año. No conocías mi casa y a mí me apetecía invitarte. Buscamos una excusa que, claro, sabíamos que era coartada.

La carne estaba sin descongelar del todo. En casa de periodistas a veces ocurre y no pasa nada. A mí me gustan con ajo frito. Y a ti con cebolla. Echemos estos ajetes frescos a la sartén también. Separaste la carne, añadí un par de huevos y pimienta negra. ¿Te importa si le echo canela? Dale. ¿Y un poco de cilantro que tengo aquí? Estaba peleada con el cilantro, pero he descubierto que me gusta. 

Mezclamos. Lo mejor de cocinar es mancharse las manos. Llenamos la encimera de harina. Bebimos y brindamos. Hablábamos sin parar y casi me quemo la lengua al probar las albóndigas recién sacadas del fuego. Y qué felicidad. 

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